FRENTE A LA CRUZ | Glorifica a Dios si estás a salvo o si sufres

Before the Cross - Archbishop Robert J. Carlson's Column

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Las lecturas de esta semana nos relatan una serie de grandes eventos en la historia de la salvación. Estos eventos contienen lecciones importantes para nosotros, en este momento en el que asimilamos los últimos dictámenes de la Corte Suprema, especialmente con respecto a poner nuestra fe en acción.

Primero, escuchamos como los asirios conquistaron las tribus del norte de Israel alrededor del año 700 AC. Entonces marcharon contra Jerusalén y también contra las tribus del sur. (En ese momento el reino estaba dividido en norte y sur, como resultado de una especie de "guerra civil" después de la muerte de Salomón.) Cuando el rey de Asiria amenazó con destruir Jerusalén y matar a todo el pueblo, el rey de Jerusalén fue directo al Templo para rogarle a Dios por seguridad. Dios oyó su clamor. Jerusalén se salvó milagrosamente.

Al leer este episodio como cristianos, no podemos evitar comparar la situación de Jerusalén, la ciudad amada por Dios, con la situación de Jesús, el Hijo amado de Dios. Ambos fueron amenazados: Jerusalén por el ejército Asirio, y Jesús por el gobierno Romano. Ambos se dirigieron a Dios y clamaron por su ayuda: el rey de Judá le suplicó a Dios en el Templo, y Jesús le suplicó al Padre en el Huerto de Getsemaní.

Hasta ese punto el paralelismo es perfecto. Sin embargo, es entonces cuando entra en juego la diferencia crucial: Dios salvó a Jerusalén con la retirada del ejército Asirio, y llevó a Jesús a la Cruz. Él salvó a Jerusalén del ejército Asirio, pero permitió que Su Hijo sufriera. Él escuchó el clamor de los dos; Él fue glorificado por los dos. Él fue glorificado por el bienestar de unos, y por el sufrimiento del otro.

Cuando oramos para que nuestra fe sea protegida, no sabemos qué manera elegirá Dios para nosotros. Sin embargo, sabemos que, como Jerusalén y Jesús, debemos glorificar a Dios de cualquier manera.

Esta semana también celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, y las lecturas de esta fiesta nos enseñan una lección similar. Pedro fue puesto en prisión por los Romanos, y se nos dice: "Era la Fiesta del Pan Ácimo". Este es exactamente el patrón del juicio y muerte de Jesús, así que sabemos lo que deberíamos esperar. Sin embargo, "la Iglesia rezó pidiéndole fervientemente a Dios por Pedro", Dios escuchó sus oraciones, y Pedro fue liberado milagrosamente.

Sin embargo, también sabemos que más tarde en su vida, los romanos lo amenazarían nuevamente, y en esta ocasión también se debería haber orado por él. Solo que esta vez Pedro glorificaría a Dios con su martirio. En su propia vida Pedro experimentó tanto la historia de Jerusalén como la historia de Jesús: Dios lo puso a salvo en una oportunidad, y en la otra lo llevó al sufrimiento. Sin embargo, en ambas oportunidades, él glorificó a Dios.

¿Qué orientación podemos tomar de estas lecturas?

Algunas veces los dictámenes de la Corte Suprema traen una victoria para la Iglesia en un sentido terrenal. Otras veces traen una derrota. Sin embargo, las lecturas de esta semana nos llaman a juzgar las cosas con un estándar más alto. A la luz de la fe sabemos que Dios a veces se encarga de mantener a salvo a sus fieles, y otras veces nos llama al sufrimiento. Esto nos debería dar confianza y libertad: Cualquiera que sea el dictamen de la Corte Suprema con respecto a la práctica de la fe, tendremos una manera de glorificar a Dios. 

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