FRENTE A LA CRUZ | Los peregrinos caminan con Dios, se acercan más a Él

Before the Cross - Archbishop Robert J. Carlson's Column

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El número de peregrinos que transitan el Camino de Compostela ha aumentado dramáticamente desde mediados de los años 80. (El Camino es la famosa ruta de peregrinaje europea que termina en el noroeste de España en la Catedral de Santiago de Compostela, donde se cree está enterrado el apóstol Santiago — St. James en inglés) En 1985, menos de 1000 personas hicieron la peregrinación. Entonces el número creció significativamente a más de 25.000 en el año 1997, más de 100.000 en el 2006 y más de 275.000 en 2016.

Santiago es el santo patrono de los peregrinos; su fiesta se celebra el martes 25 de Julio.

Una peregrinación es esencialmente un símbolo, un viaje físico para expresar un deseo del alma de caminar con Dios y de acercarse a Él. Es interesante hacer notar que, en un mundo que parece más y más perdido, hay un aumento en el número de personas que sienten la necesidad de hacer ese viaje.

Las lecturas de las escrituras para esta semana cuentan parte de la historia del peregrinaje de Israel desde Egipto a la Tierra Prometida, y están llenas de lecciones para nosotros. Israel aprendió a confiar en Dios en ese viaje y descubrió — muchas veces de una forma dura — las consecuencias de tratar de seguir el viaje por sí solos.

Los israelitas fueron perseguidos por el ejército del faraón y gritaron de miedo ante lo que parecía ser un final inevitable. En su temor, en lugar de eso habrían escogido la esclavitud en Egipto. Pero Dios los libró de sus enemigos en el Mar Rojo, diciéndoles: "El Señor por sí mismo luchará por ustedes; ustedes solo tienen que mantenerse firmes". Allí hay una lección para nosotros.

Ellos viajaron a través del desierto y clamaron en frustración pensando que iban a morir de inanición. En su hambre, ellos podrían haber escogido tener sus estómagos llenos viviendo en esclavitud. Pero Dios hizo llover el pan desde el cielo y les proporcionó carne para que se alimentaran. La carne y el pan los alimentaron durante su peregrinaje. Allí hay una lección para nosotros.

Ellos llegaron al monte Sinaí. Lo que ellos necesitaban en ese momento era profundizar su temor en la presencia de Dios, y aprender una manera de ser santos para poder caminar en su presencia. Así, el Señor se les apareció en el fuego y en el trueno, y les dio los diez mandamientos.

En cada etapa del peregrinaje de Israel, Dios les dio lo que necesitaban para sobrevivir a su viaje. Ellos se transformaron aún más profundamente en su pueblo.

Cada una de nuestras vidas es también un peregrinaje. Cuando el miedo y las necesidades nos tientan a permanecer en la esclavitud del pecado, podemos pedirle a Dios con confianza. Así como vino en auxilio de Israel, Dios viene a ayudarnos, a apoyarnos y a hacer de nosotros su pueblo. Mas dramáticamente, Él hace llover el pan del cielo y nos da su carne para que la comamos en la Eucaristía.

Así, caminamos con esperanza, creyendo que Dios está al final del viaje. Y nosotros caminamos con fe, con la certeza que Él está a nuestro lado todo el camino. 

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