FRENTE A LA CRUZ | Ser agradecido tanto por las bendiciones como por las cruces

Before the Cross - Archbishop Robert J. Carlson's Column

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San Cipriano era el obispo de Cartago en el norte de África a mediados de los años 200. Fue llevado a juicio ante el gobernador, durante la persecución de los cristianos en el año 258. Al final del juicio, el gobernador leyó la sentencia: "Se ha decidido que Tascio Cipriano debe morir por la espada." San Cipriano simplemente respondió: "Gracias a Dios."

A medida que se aproxima el día de Acción de Gracias, debemos hacer una pausa para considerar las cosas buenas en nuestras vidas. Es natural estar agradecido por ellas. Pero san Pablo nos urge a desarrollar una virtud sobrenatural: dar gracias en todas las circunstancias. San Cipriano es un buen ejemplo de esta virtud sobrenatural. Él nos reta y nos invita a aumentar nuestra vida de oración a medida que nos acercamos al día de Acción de Gracias.

¿Cómo podemos desarrollar esta virtud sobrenatural? Comencemos con la siguiente pregunta: ¿Estamos agradecidos por la cruz de Cristo? (Espero que la respuesta sea "¡Sí!") La cruz de Cristo es la fuente de nuestra salvación ­— es el regalo más grande que Dios nos ha dado.

Pero, ¿estamos agradecidos de nuestras propias cruces? Ahí es donde tenemos la tendencia a dudar.

Como Cristo, nosotros nos perfeccionaremos a través del sufrimiento (Hebreos 2;10). Nuestras cruces son la oportunidad de unirnos con Cristo en su sufrimiento y una oportunidad para cooperar con nuestra propia salvación. Nuestras cruces son también un regalo de Dios.

Ser agradecidos por la cruz que Dios nos ha dado es una meta muy elevada y un nivel avanzado de la vida espiritual. La mayoría de nosotros no nos encontramos todavía en ese nivel: lo estamos haciendo bastante bien si aceptamos nuestras cruces sin quejarnos tanto. ¿Por qué no aspiramos a lo más alto? ¿Por qué no aspirar al estándar de Cristo y de los santos? ¿Cómo podemos aumentar el hábito de la gratitud y tomar el próximo paso en nuestra vida espiritual?

San Ignacio de Loyola recomienda la práctica del Examen de Conciencia (o simplemente para decirlo más corto, "El Examen"). Este no es el examen de conciencia que realizamos para estar listos para confesarnos. Más bien, implica tomar 10 minutos al final de la jornada para repasar los eventos del día. Notaremos las cosas por las cuales estamos especialmente agradecidos. Notaremos las cosas por las cuales nos hemos esforzado. Se las presentaremos todas a Dios — las buenas y las malas. Es una oración muy personal, es compartir los detalles de nuestro día a día con Dios.

Si usted practica El Examen regularmente — San Ignacio requería que los Jesuitas lo hiciesen cada día- crecerá no solamente en relatarle los detalles de su vida a Dios, sino también en recibir su gracia alrededor de esos detalles. A medida que usted lo hace, gradualmente verá que no solamente las cosas buenas de su vida son regalos de Dios, sino que las cruces son bendiciones también — porque son oportunidades de acércanos más a Él.

El camino de la santidad es el camino de parecerse más a Cristo. San Cipriano comprendió esto: Necesitamos morir con Cristo para poder resucitar con Él. Finalmente, recibir con gratitud las bendiciones de Dios — tanto las cosas buenas como las cruces ­­— es nuestro único camino al cielo.

A medida que nos acercamos al día de Acción de Gracias, es natural que estemos agradecidos por nuestras bendiciones. Vamos a abrirnos a la virtud sobrenatural de considerar también nuestras cruces como bendiciones. Que las palabras de san Cipriano estén en nuestras mentes, en nuestros labios y en nuestros corazones: ¡Démosle gracias a Dios! 

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